Implacable por Paty Herrera

Se cumple el primer año del segundo mandato de Donald J. Trump y el balance es desolador. No solo para Estados Unidos, sino para el mundo entero. Trump no ha sorprendido a nadie: confirmó, con creces, que es un ególatra patológico, narcisista y autoritario, con una personalidad peligrosamente similar a la de Andrés Manuel López Obrador, pero potenciada por el músculo militar y económico de la mayor potencia del planeta.

Trump ha consumado una vendetta personal sin pudor ni límites. CNN, militares incómodos, senadores díscolos y exdirectivos de agencias clave como el FBI, el Departamento de Seguridad Nacional, Migración, la NSA e incluso la CIA han sido purgados o neutralizados. A diferencia de su primer mandato —caótico y errático, con al menos seis miembros del gabinete despedidos en apenas cuatro meses—, este segundo periodo se caracteriza por algo mucho más preocupante: un control silencioso, disciplinado y obediente de sus subalternos. Ya no gobierna el caos, gobierna el miedo.

En los primeros meses fue eficaz, sí, pero no en beneficio de la democracia ni del bienestar social. Arrasó con las políticas woke de la era Biden, cortó el financiamiento a Planned Parenthood, a organizaciones LGBT y a múltiples ONG humanitarias, utilizando al Estado como garrote ideológico. Amenazó a empresas privadas con tasas arancelarias impagables si no regresaban sus plantas a suelo estadounidense, confirmando que su nacionalismo económico no es más que chantaje institucionalizado.

Para los mexicanos que apoyaron ciegamente a Trump —por ignorancia, por resentimiento o por servilismo ideológico— conviene recordarles sus primeras agresiones contra México: la guerra arancelaria, el desprecio sistemático y el intento grotesco de rebautizar el Golfo de México como “Golfo de América”, claro, solo dentro de Estados Unidos. A esto se suma la ofensiva brutal contra los migrantes, legales e ilegales, y la eliminación de facto del principio de ciudadanía por nacimiento. El mensaje es claro: Estados Unidos ya no es una nación de leyes, sino de caprichos.

En la realidad cotidiana, lejos del discurso patriótico y las consignas huecas, la vida del estadounidense promedio no ha mejorado en absoluto. La inflación continúa al alza, la deuda pública es obscena y estructuralmente impagable —ni en diez generaciones podría saldarse— y las políticas punitivas de Trump contra México, Canadá y otros socios comerciales han encarecido aún más la supervivencia del pueblo norteamericano. El costo del autoritarismo siempre lo paga la gente común.

En política exterior, Trump ha mostrado un desprecio abierto y sistemático por los aliados históricos de Estados Unidos. Cada declaración es una provocación: amenazas de aranceles, insinuaciones de intervenciones militares, y la posibilidad real de abandonar la OTAN y la ONU. Los ataques contra Irán y los bombardeos en la Franja de Gaza y Cisjordania no dejan lugar a dudas: el intervencionismo imperialista gringo no solo sigue vivo, sino que actúa con mayor impunidad y cinismo que nunca.

El último berrinche de Trump fue su no consideración para el Premio Nobel de la Paz, pese a que María Corina Machado le “regaló” el suyo en un acto de sumisión política bochornoso, protagonizando una de las escenas más vergonzosas de la diplomacia latinoamericana reciente. Mientras tanto, el chavismo amenaza con perpetuarse en Venezuela y la eventual salida de Nicolás Maduro corre el riesgo de ser solo un cambio cosmético de administración, tolerado por conveniencia geopolítica.

En el tablero internacional, las intenciones de Trump de apropiarse de Groenlandia rozan la megalomanía imperial y pueden convertirse en el punto de quiebre que empuje a Estados Unidos hacia el aislamiento. Ni la Unión Europea ni Rusia están dispuestas a permitir semejante atropello, y el costo diplomático podría ser devastador.

Dentro de Estados Unidos, el asesinato de Renee Nicole Good a manos de un agente de ICE ha reavivado el miedo a vivir bajo un régimen abiertamente totalitario. El escándalo se agravó cuando Trump y “La Mata Perros” Kristi Noem no solo justificaron, sino que defendieron al asesino. La administración trumpista ha acumulado enemigos a una velocidad alarmante, incluso dentro del Partido Republicano. Si en noviembre los demócratas recuperan el control de la Cámara Alta del Senado con el apoyo de republicanos disidentes, el reinado del Rey Loco podría terminar antes de lo que muchos imaginan.