
Implacable por Paty Herrera
El autoritarismo, la corrupción, la soberbia y la incompetencia no tienen género. A lo largo de la historia hemos visto mujeres iguales o incluso más voraces, corruptas y crueles que muchos varones, especialmente en la izquierda. Y esta semana, las damas de la 4T se han encargado de demostrar que pueden competir y ganar en todos esos rubros.
Comencemos con la ahijada de Carlos Salinas de Gortari: Layda Sansores San Román, una mujer que desde los inicios de su militancia en la izquierda mexicana dejó claro que la prepotencia y la beligerancia eran rasgos característicos de su personalidad. Hace unos meses se hizo pública la persecución que sufrió el periodista Jorge Luis González Valdez a manos de Layda, quien no se conformó con cerrar el periódico Tribuna: buscó su aniquilación personal y profesional, como corresponde a todo líder bananero.
Y esta semana, once de los dieciséis diputados locales de Morena en Campeche le negaron a Sansores un crédito por más de mil millones de pesos. La respuesta de la gobernadora fue tan predecible como grotesca: estalló en cólera y recurrió a la intimidación, utilizando a la policía estatal y municipal para amedrentar al presidente del congreso local, José Antonio Jiménez. El escándalo escaló hasta Palacio Nacional y fue Ricardo Monreal, el elegido para pedirle a Layda que le bajara a sus bravuconadas. Algo debió enfurecerla aún más, pues es bien sabido que Sansores detesta al senador morenista.
Sigamos con Clara Marina Brugada Molina, cuyo único logro político comprobable ha sido fungir como operadora de López Obrador en Iztapalapa y que hoy, por obra y gracia del mismísimo demonio, despacha como Jefa de Gobierno de la Ciudad de México. Esta semana se aventó una de sus declaraciones más desafortunadas al pedirle a los medios que “le bajen a la nota roja porque generan una sensación de inseguridad”. Una frase digna de Felipe Calderón Hinojosa a quien tanto dicen detestar. Y no, no es que Brugada sea precisamente una lumbrera dentro de Morena, pero resulta innegable que su gestión ya figura entre las más desastrosas en la historia de la capital.
Se dice y se rumora en “Radio pasillo” que los días en libertad de la presunta narcogobernadora Marina del Pilar Ávila Olmeda podrían estar contados. Más allá de los señalamientos criminales contra su expareja, Carlos Torres, por presunto lavado de dinero para cárteles de Mexicali. Esto se debe a que Marina del Pilar habría ordenado personalmente frenar múltiples investigaciones contra “Los Rusos”, una facción de sicarios del Cártel de Sinaloa. Su carrera política es un cadáver viviente, quedaron atrás los días en los que tenía Visa, un futuro prometedor y hasta registró su nombre como marca. Ahora, en cambio, Marco Rubio espera pacientemente su desenlace desde la lejanía.
Y llegamos a la pièce de résistance de esta columna. La insoportable, soberbia, ignorante, déspota, impertinente, frívola y arribista Andrea Chávez Treviño. Una mujer célebre por sus declaraciones torpes y cuyo único mérito verificable es haber sido chofer de Adán Augusto López. A ello se suma, como virtud aún no comprobada pero ampliamente comentada, su disposición para brindarle al senador tabasqueño placer íntimo, orgasmos fingidos y cariño comprado, razones suficientes para que él no haya dejado de impulsarla ni patrocinarla.
A la senadora se le ocurrió la brillantísima idea de instalar una estética clandestina en una oficina sin número ni registro dentro de las instalaciones del Senado de la República. Un acto ilegal a todas luces, pero que encaja perfectamente en la lógica de la 4T. Fiel a su costumbre, Chávez Treviño lo negó todo y aseguró, sin rubor alguno, que ella “se peina sola con una Dyson”. Porque en el universo morenista, la realidad siempre estorba, pero la desfachatez nunca sobra.
“Ha habido reinas malvadas y reinas idiotas, pero nunca habíamos sido tan maldecidos con tantas reinas idiotas y malvadas”