
Implacable por Paty Herrera
Y como estoy a favor de la igualdad sustantiva y porque “Patria se escribe con A de mujer”, continuaremos con el recuento de las infamias, la corrupción y la ineptitud que caracterizan a las integrantes del régimen morenista.
Comencemos por la empleada más servil y complaciente de Claudia Sheinbaum: Ernestina Godoy Ramos, quien cometió una serie de irregularidades al frente de la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México que difícilmente pueden calificarse como simples ataques de la oposición.
Uno de los señalamientos más persistentes fue el uso faccioso de la procuración de justicia. Durante su administración, diversos casos con alto contenido político avanzaron con inusitada celeridad cuando involucraban a adversarios del oficialismo, mientras que expedientes incómodos para la 4T fueron sobreseídos y olvidados.
A Godoy Ramos, las denuncias por despojo, ejecuciones, desapariciones, la venta descontrolada de estupefacientes y los casos reales de violencia de género contra mujeres y niñas. Seamos honestos, le valieron madre.
Y si hay algo que debe preocuparnos es el desempeño de Ernestina como Fiscal General de la República, su procuración de justicia es y será políticamente alineada. Trasladar ese estilo al ámbito federal implica riesgos institucionales mucho mayores, por el alcance nacional de las decisiones de la FGR y su impacto directo en el equilibrio entre poderes; tendrá como consecuencia un probable Estado Fallido.
¿Recuerdan esos horribles spots de Morena de 2012 en los que Luisa María Alcalde Luján se sexualizaba subiendo a un microbús, mostrando un escote y un vestido muy ajustado? Un aspecto que, en la actualidad, sería condenado por la horda feminista. Qué vueltas da la vida y qué hipócrita es la izquierda mexicana.
Luisa es una mujer histriónica, narcisista, dictatorial y convenenciera, algo que ha dejado ver a lo largo de su incipiente carrera política. Su trayectoria sintetiza varios de los vicios más profundos del socialismo, improvisación administrativa, dogmatismo económico y una preocupante tendencia a la violencia política.
Su paso por la Secretaría del Trabajo lo dejó muy claro. La reforma de subcontratación fue presentada como una cruzada moral contra los abusos laborales, pero su instrumentación evidenció lo que sucede cuando la ideología marxista sustituye al diseño institucional. La transición fue caótica: empresas sin reglas claras, plataformas saturadas, registros tardíos y una carga burocrática que golpeó especialmente a pequeñas y medianas compañías. Se castigó al empleador formal, desalentando la inversión.
Al llegar a Gobernación, lejos de ser una estadista, Luisa profundizó su papel como operadora del obradorismo. Defendió cínicamente una estrategia de “abrazos, no balazos”. Su gestión osciló entre el discurso socialista y la práctica coercitiva.
Su actuación durante el proceso electoral también fue objeto de sospecha. No por ilegalidades probadas, sino por la constante percepción de que la secretaría encargada de la gobernabilidad tenía como prioridad cumplir todos los caprichos del “Mesías Tropical”, en lugar de gobernar y regular las tensiones políticas.
Hoy, Luisa fue relegada a la presidencia de Morena, en donde queda expuesta su completa ineptitud y valemadrismo. Las disputas por candidaturas, las fracturas internas y la dificultad para institucionalizar al partido exhiben su verdadero tamaño político. El cual es muy, muy pequeñito.
Ya le dedicamos una columna a la zacatecana que gobierna Veracruz, pero recordemos que Rocío Nahle García es una de las servidoras públicas más ineptas y, probablemente, corrompidas de la historia reciente. Su liderazgo en la SENER tuvo como resultado una refinería que no refina y que les costó a los mexicanos 20,959 millones de dólares. Un retroceso de dos décadas, pues México sigue dependiendo del combustóleo y de comprarle energía a Estados Unidos, además de una cascada de litigios, cancelación de contratos y desconfianza inversora.
Como gobernadora de Veracruz, la gestión de Nahle es completamente irreal y a modo, pues no resuelve ninguna de las necesidades urgentes de los veracruzanos. Muchos de los integrantes de su gabinete se están enriqueciendo a costa del “pueblo bueno”.
La realidad veracruzana es áspera. El incremento de los crímenes violentos no tiene control; el presupuesto del gobierno estatal no alcanza para cubrir los gastos de una infraestructura deteriorada y servicios públicos rebasados, porque no hay medicamentos ni médicos en los hospitales.
El crimen organizado es quien realmente gobierna Veracruz, y eso quedó en claro durante las inundaciones en Poza Rica, en octubre del año pasado, cuando la población prefirió pedirle ayuda al narco que a su gobernadora.
Me despido por ahora prometiendo una tercera parte. “Si crees que esto tiene un final feliz, es que no has estado prestando atención.” GOT