Por Ricardo Caballero de la Rosa

Cuando enciende una idea no hay herida

sino un tajo de viento que abre campos

de noches que desgajan espíritus

con el silencio que duerme al sangrar.

Desciende de los fondos que reclutan

alas de soledad dispersa y suave

esos ojos de polvo del cósmico

filo ancestral de púrpura encendida.

No pide templo ni altares mágicos

pues nutre incomprensiones y sorpresas

por detrás de la nuca inaugurada

a la soberbia idea que abre valles.

Todo concepto nuevo es el portal

que quiebra rayos y alas estridentes

de los rostros presentes aquí mismo

en desiertos rosados de las letras.

Arde como rayo al escucharse

con la señal del signo en espera

y en congoja del sueño que traduce

los suelos del relámpago al juicio.

En la comprensión del fuego es fuego

lo que ensancha la casa pensadora

donde la viveza ancla la fortuna

y ordena el pulso ardiente del ser uno.

Y regresa al umbral que la produjo

en soledad creadora renaciente

y otra vez arde en sombra originaria:

cuando enciende una idea no hay herida.

Mi correo es ricardocaballerodelarosa@gmail.com