
Ricardo Caballero de la Rosa
El más reciente reporte de líneas de pobreza por ingresos publicado por el INEGI para febrero de 2026 muestra una señal preocupante para la economía mexicana: el costo de la canasta básica continúa aumentando a un ritmo mayor que la inflación general, presionando directamente el nivel de vida de los hogares.
Las líneas de pobreza son un indicador clave para medir el bienestar económico de la población. Se construyen a partir del costo de dos conjuntos de bienes: la canasta alimentaria —que define la pobreza extrema por ingresos— y la canasta ampliada que incluye bienes y servicios no alimentarios. Cuando el ingreso de una persona no alcanza para cubrir estos costos mínimos, se considera que vive en situación de pobreza.
De acuerdo con el boletín más reciente del INEGI, en febrero de 2026 la canasta alimentaria registró un incremento anual de 5.6% en zonas rurales y de 6.5% en zonas urbanas, un aumento claramente superior a la inflación general del mismo periodo.
Este diferencial es particularmente significativo: significa que los bienes indispensables para sobrevivir —principalmente alimentos— están encareciéndose más rápido que el promedio de precios de la economía. En otras palabras, la presión inflacionaria golpea con mayor fuerza a los sectores de menores ingresos, pues son precisamente estos hogares los que destinan una mayor proporción de su ingreso a la compra de alimentos básicos.
El fenómeno adquiere mayor relevancia cuando se observa el comportamiento general de los precios. Según el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC), la inflación anual en México alcanzó 4.02% en febrero de 2026, con un incremento mensual de 0.50%. Este dato implica que la inflación volvió a salir del rango objetivo del Banco de México, cuyo objetivo central es de 3% con un intervalo de variabilidad de ±1 punto porcentual.
La combinación de ambos indicadores genera una señal de alerta para la política económica. Por un lado, el encarecimiento de la canasta básica aumenta el umbral de ingresos necesario para evitar la pobreza. Por otro, la inflación general vuelve a mostrar presiones que podrían obligar a una política monetaria más cautelosa.
El aumento en los precios de alimentos, bebidas y algunos servicios ha sido uno de los principales motores de la inflación reciente, lo que confirma que las presiones inflacionarias se concentran justamente en los bienes de consumo cotidiano.
En términos sociales, este escenario implica un riesgo claro: si el ingreso real de los hogares no crece al mismo ritmo que los precios de la canasta básica, el número de personas cuyos ingresos quedan por debajo de las líneas de pobreza puede comenzar a aumentar nuevamente.
Por ello, los datos recientes del INEGI no sólo reflejan una variación estadística, sino una advertencia económica. El encarecimiento sostenido de los bienes esenciales y el repunte de la inflación obligan a mantener prudencia en la política económica, pues de su manejo dependerá que los avances en la reducción de la pobreza logrados en los últimos años no se vean erosionados por el aumento del costo de la vida.
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