Por Ricardo Caballero de la Rosa

Bullía tanta luz desde mis pieles

sin saber si era cierta o reflexiva

o si desierta y vaga quedaría

hasta el anochecer renovado.

Pululaban de mis manos sus formas.

Mi cabeza las fauces derretía.

El fulgor por las piernas y los muslos.

Los ojos hacia el horizonte lúcido

Atrás las entelequias y las noches

encima el azaroso recuerdo

debajo la humedad asfixiante

exhumación de sol por delante.

El rito sosegado y sus conjuntos

en la templanza de la prohibición

cuando la inexpugnable choza del ser

es el ombligo níveo conquistado.

Los serpenteantes faros son saetas

entre el aguijoneante relámpago

de cascadas brillantes que detonan

el éxodo apacible de soledad.

Luego vino la calma y la espera:

la pregunta por lo que pasó y no fue

el correr invisible de ráfagas

la castración de las sombras que emulan.

La diáfana ansiedad matinal prende

e inunda cada polo y eje denso

que llega como luz a la luz nueva

con el resplandor de la renovación.

Llegan clamores y peregrinos

cuando alas se apoderan del vacío

y los pasos adquieren la cadencia

de la vida naciente en cada grieta.

Mi correo es ricardocaballerodelarosa@gmail.com