Implacable Paty Herrera

Cuando pensaba que la hipocresía de la izquierda mexicana ya no podía asombrarme más me enteré que Mariela Gutiérrez Escalante ordenó el asesinato de diez mil 962 perros.  El exterminio de estos desdichados animales no es un “protocolo”, ni un “procedimiento”, ni mucho menos “amor por los seres vivos”. Son 10 mil 962 vidas erradicadas bajo la firma de una mujer que hoy pretende esconderse detrás de la perpetua hipocresía morenista.

Mariela Gutiérrez Escalante quiere que creamos que todo fue un malentendido, que la realidad fue “tergiversada”. Pero los números no se tergiversan solos. Casi cinco perros al día durante seis años. Uno cada cinco horas. Eso no es un caso excepcional, es asesinato sistemático. Una política de gobierno basada en la solución más barata, más rápida y más brutal: desaparecer el problema a cuchilladas administrativas.

La oposición tendría que alzar la voz sin titubeos. Porque esto no es progreso ni gestión eficiente; es pereza institucional disfrazada de control. Es la incapacidad de construir soluciones reales: educación, cultura de adopción, sanciones a dueños irresponsables, infraestructura digna. Todo lo que implica amor por lo que no tienen voz, fue sustituido por la salida más primitiva, la de matar.

Sé que pido mucho porque la oposición de juguete no es ni siquiera capaz de reclamar justicia por 130 mil desaparecidos, menos por los pobres animales.

La defensa de la senadora es insultante. “No violé la ley”. Perfecto: entonces el problema no solo es la decisión, sino el doble estándar moral de Morena. Si el único límite es el Código Penal, estamos ante una clase política que opera con la ética de un burócrata que sella papeles sin mirar a quién afectan. Legal no es sinónimo de correcto, y en este caso, la legalidad solo deja en evidencia lo bajo que estaba el listón de la izquierda.

Peor aún, presumir 50 mil esterilizaciones y atención a 60 mil animales mientras se acumulan casi 11 mil sacrificios no es un logro: es una burla grotesca. Si las políticas hubieran funcionado, la matanza no sería sistemática. Pero no funcionaron. Y lo que quedó fue un rastro numérico que hoy intenta maquillarse con discursos de bienestar.

Su intento de refugiarse en la narrativa de “era legal en ese momento” tampoco la salva; la exhibe. Porque en política hay errores, y luego están las decisiones que revelan la maldad interiorizada. Esta no es una anécdota desafortunada: es una radiografía. Y lo que muestra no es a una funcionaria incomprendida, sino a una administración que convirtió la eliminación masiva en política pública y ahora pretende que el país lo vea como si fuera una víctima.

“Si no hay perros en el cielo, cuando muera quiero ir a donde ellos van”: Will Rogers