
Implacable por Paty Herrera
Trump no está salvando a la derecha: la está poniendo en riesgo
Hay una pregunta que el Partido Republicano debería hacerse antes de las elecciones de noviembre: ¿Cuánto tiempo más está dispuesto a sacrificar su futuro para proteger a Donald Trump?
Porque una cosa es defender los nobles ideales de Dios, Patria y Libertad, y otra muy distinta convertir la política conservadora en un culto al narcisismo.
Trump regresó a la Casa Blanca porque millones de estadounidenses estaban hartos de la inflación, de la inseguridad, de una frontera descontrolada y de un gobierno demócrata que había perdido credibilidad. El diagnóstico de buena parte del electorado era perfectamente comprensible.
El problema es que Trump parece estar empeñado en demostrar que ganar una elección no necesariamente significa saber gobernar.
Y lo más preocupante no es que los demócratas lo critiquen. Eso es lo normal. Lo preocupante es que sus propios votantes están empezando a hacerlo.
Una aprobación presidencial de apenas 32 %, un descenso de su respaldo dentro del Partido Republicano y una ventaja demócrata de siete puntos en la intención de voto para el Congreso deberían ser suficientes para que cualquier estratega republicano deje de aplaudir y empiece a preocuparse.
Trump no está solamente perdiendo popularidad. Está convirtiéndose en un problema electoral para el partido que lo llevó nuevamente a la Casa Blanca.
La derecha no necesita un caudillo
Digámoslo sin rodeos: la derecha estadounidense no necesita un salvador.
Necesita buenos gobiernos.
Necesita candidatos capaces de hablar de economía, seguridad, familia, libertad, responsabilidad fiscal y Estado de derecho sin convertir cada discurso en una nueva batalla personal.
Trump ha demostrado una capacidad extraordinaria para movilizar a sus seguidores. Pero también ha demostrado una incapacidad igualmente extraordinaria para abandonar el conflicto.
Todo tiene que ser una pelea.
Todo tiene que ser una provocación.
Todo tiene que girar alrededor de él.
Y ése es precisamente el problema.
Un presidente debería utilizar su capital político para conseguir resultados. Trump parece utilizar una parte considerable del suyo para mantener permanentemente encendida la confrontación.
La pregunta ya no es si Trump puede movilizar a la base republicana.
Por supuesto que puede.
La pregunta es si puede ampliar esa base sin espantar a todos los demás. Y los números comienzan a ofrecer una respuesta bastante incómoda.
La inmigración: de una bandera conservadora a un desastre electoral
Estados Unidos tiene derecho a exigir fronteras seguras. Tiene derecho a defender la deportación de quienes violan las leyes migratorias. Tiene derecho a exigir que la inmigración sea ordenada, legal y controlada.
Nada de eso es extremista.
De hecho, sería absurdo que un Estados Unidos no tuviera control sobre sus propias fronteras.
Pero una política migratoria firme no necesita convertirse en una política de desprecio.
Y ahí es donde Trump parece no entender algo fundamental: los inmigrantes no son una categoría abstracta. Son votantes, trabajadores, empresarios, padres, madres, ciudadanos y familias.
Muchos de ellos son precisamente las personas a las que el Partido Republicano quiere convencer.
El giro de los votantes latinos debería provocar pánico en la dirigencia republicana.
Según los datos proporcionados, la aprobación de Trump entre los latinos ha caído al 37 %. Dos terceras partes consideran que sus políticas de deportación son abiertamente racistas y los demócratas aventajan a los republicanos por 24 puntos entre este electorado cuando se pregunta quién debería controlar el Congreso.
Pero hay algo todavía peor.
En 2024, los latinos daban a Trump una ventaja de cuatro puntos sobre Kamala Harris en materia económica.
Ahora dan a los demócratas una ventaja de 21 puntos.
Eso no es un pequeño movimiento electoral.
Es un terremoto.
Trump prometió disciplina fiscal y austeridad, pero terminó acrecentando una deuda pública de 40 billones
Aquí aparece otra contradicción que resulta imposible ignorar.
La derecha lleva décadas denunciando el despilfarro de Washington.
Los republicanos han advertido una y otra vez que Estados Unidos no puede continuar acumulando deuda indefinidamente.
Perfecto.
Entonces deberían aplicar la misma vara cuando gobierna un republicano.
La deuda de Estados Unidos supera los 40 billones de dólares y no puede convertirse en una simple cifra decorativa.
Y si, además, la guerra contra Irán está generando decenas de miles de millones de dólares en costos adicionales y el Pentágono solicita otros 114.000 millones de dólares para reponer municiones, los republicanos tienen que explicar dónde está la supuesta revolución de responsabilidad fiscal.
Trump prometió, según los datos proporcionados, un conflicto mucho más breve de lo que terminó siendo. Ahora el enfrentamiento se acerca a los seis meses.
La pregunta que cualquier estadounidense razonable debería hacer no es si Estados Unidos tiene un ejército poderoso.
Por supuesto que lo tiene.
La pregunta es otra:
¿Cuál es el objetivo de esa guerra?
Una derecha seria entendería que el poder militar estadounidense debe utilizarse cuando existen intereses nacionales claros. No proteger las ambiciones oscuras de Israel
La Derecha tradicional también defendía la prudencia, la responsabilidad y la claridad estratégica.
Una guerra sin un final definido puede convertirse en exactamente lo contrario de lo que Trump prometió a sus electores: otro compromiso costoso de Washington que termina pagando el contribuyente.
Y mientras tanto, la gasolina sube.
La inflación preocupa.
La deuda crece.
El conflicto se prolonga.
Y los norteamericanos empiezan a preguntarse para qué votó por el nombre anaranjado que prefiere defender intereses ajenos a los de su propio pueblo.
¿Trump perdió la cabeza?
Ésta es probablemente la pregunta que muchos republicanos se hacen en privado y pocos se atreven a formular públicamente. No corresponde diagnosticar clínicamente a un presidente desde una columna de opinión. Mucho menos de una mexicana como yo.
Pero sí corresponde evaluar su comportamiento político.
Y ahí existe suficiente material para preocuparse.
La impulsividad, la confrontación permanente, la obsesión con los adversarios y la tendencia a convertir cualquier crítica en una guerra personal no son necesariamente síntomas de una enfermedad mental.
Pero sí pueden ser síntomas de un pésimo estilo de gobierno.
Estados Unidos no necesita un presidente que gane todas las discusiones en redes sociales. Necesita uno que evite guerras cuando sea posible, reduzca la inflación, controle el gasto, proteja las fronteras y consiga que el Congreso apruebe leyes.
La presidencia de la primera potencia no es un programa de televisión. Y Trump ha conseguido ganarse el desprecio y la animadversión de su pueblo.
Y eso es peligrosísimo para la Derecha Internacional.
Porque cuando Trump pierde popularidad, la derecha paga el precio.
Cuando Trump comete un error, la derecha paga el precio.
Cuando Trump provoca a un sector del electorado, la derecha paga el precio.
Cuando un candidato republicano intenta distanciarse de Trump, inmediatamente aparece la acusación de traición.
¿De verdad éste es el futuro que quiere el Partido Republicano?
¿Un partido incapaz de producir una agenda propia porque todo tiene que pasar por Mar-a-Lago?
La derecha puede sobrevivir a Trump
Y quizá ésta sea la conclusión más importante.
El Partido Republicano no debería tener miedo de criticar a Trump.
Debería tener miedo de no hacerlo.
Porque Trump se irá algún día. Y tal vez más pronto de lo que él mismo cree.
El problema será qué quedará después.
Y dejará un partido convertido en una maquinaria electoral alrededor de una sola persona, profundamente dependiente de la confrontación y cada vez menos capaz de atraer a quienes no pertenecen a su núcleo duro, entonces habrá hecho exactamente lo contrario de lo que muchos conservadores creen.
Trump habrá debilitado a la derecha.
Por eso los republicanos deberían dejar de preguntarse cómo defender a Trump y empezar a preguntarse cómo defender al Partido Republicano de Trump.
Porque controlar la frontera no es una idea de Trump.
La responsabilidad fiscal no es una idea de Trump.
La libertad individual no es una idea de Trump.
La seguridad nacional no es una idea de Trump.
Los ideales de la Derecha no nacieron con Donald Trump y, tampoco pueden morir con él.