Implacable por Paty Herrera

A dos años del actual sexenio, la Señora PresidentA con A se presentó en Palacio Nacional no a rendir cuentas, sino a desplegar una verdadera obra maestra del malabarismo estadístico y la ficción populista. En este Segundo Informe, el país real (el de la inflación desbocada, el desabasto de quimioterapias y la ineficiencia crónica del Estado), fue hábilmente sustituido por una utopía bolchevique presupuestaria que solo existe en la imaginación del aparato de propaganda socialista de la 4T.

Resulta descaradamente cómico escuchar a un gobierno vanagloriarse de un “sistema de salud de primer mundo” cuando la tozuda realidad le escupe en la cara a Claudia. Pretender que durante el periodo de libertad económica solo se habilitaron 4 mil camas de hospital —ocultando deliberadamente las más de 26 mil documentadas por sus propios registros— no es un error de dedo: es un intento vil de manipular la historia. Pero claro, para la burocracia reinante es más fácil inventar fantasmas del pasado que explicar por qué en Campeche o Tamaulipas las familias de niños con cáncer tienen que salir a las calles a suplicar por medicamentos que el Estado prometió y jamás entregó. Eso sí, según la doctrina oficial, si falta una quimioterapia seguro es “propaganda de la oposición”.

Y mientras la salud agoniza, el catálogo de Caprichos Faraónicos S.A. de C.V. sigue devorando el dinero de los contribuyentes a ritmo de marcha militar:

  • Mexicana de Aviación: Un insaciable barril sin fondo que pierde 900 millones de pesos al año volando aviones semivacíos, pagado generosamente por la clase media que trabaja.
  • Tren Maya: Presumido como la octava maravilla del mundo, aunque en sus propios reportes internos admitan que no tiene personal capacitado, vive en la ineficiencia y es incapaz de sostenerse sin muletas presupuestales.
  • AIFA e Interoceánico: Proyecciones infladas de usuarios y un historial de fallas y descarrilamientos que la justicia del régimen resuelve mágicamente con el clásico “carpetazo” impune.

El desdén del estatismo por el esfuerzo individual roza el cinismo. Mientras se recortan sin pestañear las becas a jóvenes de excelencia en el extranjero —dejando a decenas de estudiantes varados como si el mérito fuera un delito burgués—, los recursos públicos se dilapidan en programas de subsidio directo desprovistos de la menor transparencia, diseñados no para crear riqueza, sino para cultivar clientelas.

Para rematar el espectáculo, se nos pretende convencer de que el salario alcanza “como nunca”, mientras el costo de la canasta básica estrangula las finanzas de las familias trabajadoras y el precio de los combustibles sigue por los cielos. ¿Y la “plena libertad de expresión”? Pregúntenles a las centenas de periodistas agredidos o a las madres buscadoras a las que se les cierra la puerta en la cara para “no hacer propaganda”.

Y ya ni mencionar la triste realidad de los miles de desaparecidos y los asesinados por el crimen organizado, esos no importan, porque ya no votan.

El balance a la mitad del camino no deja dudas: México no está siendo gobernado, está siendo administrado por un aparato de propaganda bananero que confunde la terca realidad con un libreto ideológico. La pregunta no es cuántas mentiras más caben en un pseudo informe, sino cuánto más aguanta el erario para financiar este costoso circo socialista.